El dolor de un amor prohibido

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Amor mío, sabes lo que siento por ti, de antemano, no tengo qué expresártelo (y te digo amor mío porque te siento tan mío y me siento tan tuya como si en verdad nuestro amor fuera posible, pero a la vez tengo los pies en la tierra y sé que lo nuestro es sólo un sueño agridulce que nunca podrá ser).

Sé que no tengo que decir ni una palabra que no sepas ya, pero es que las traigo aquí atoradas y si no salen me van a reventar en el pecho, en la garganta y en el corazón. Te amo, te amo con locura y con pasión desenfrenada, y maldigo a la vida por no tener la oportunidad de estar a tu lado, por la maldita barrera que se interpone entre nuestro amor…

Perdona que me exprese así de esa barrera, que bien sabemos tú y yo que se trata de tu mujer, pero no puedo evitar sentir algo de desprecio hacia la que se está quedando con mi hombre, al que yo más amo. Sí, entiendo que ella llegó primero y que tú eres hombre ajeno, pero, caray, si la vida fuera justa tú estarías con quien te ama más, y esa soy yo.

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Sé que ella es una mujer buena, noble, de buenos sentimientos y no se merece una traición, y precisamente por eso hemos decidido que nuestro amor no siga adelante, aunque de todos modos ya hayamos pecado, y precisamente por eso me duele tanto dejarte, porque ya he probado las mieles de tu pasión y sé que en ningún lugar hallaré a nadie como tú.

La verdad, debo reconocer que en un inicio me fascinaba la idea de vivir contigo un amor prohibido, ocultarnos para amarnos, me parecía algo bastante excitante, pero después me pareció muy poco para mí, y fui queriendo más y más, no me bastó, necesitaba tu amor completo, no sólo ser tu amante, sino ser tu mujer en toda la extensión de la palabra.

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Desafortunadamente fue ahí cuando caímos en cuenta que lo nuestro no podía ser, porque no podíamos disfrutar de lo nuestro sin daños a terceros.

Y todo acabó, regresaste con tu esposa y yo me quedé sola, añorándote en silencio, con la promesa de no volverte a buscar, promesa que he respetado pese a que las ganas de salir a buscarte o de simplemente llamarte me carcomen cada noche, cuando te necesita no solamente mi cuerpo, sino mi alma y mi corazón.

Adiós para siempre, mi amor imposible…