He aprendido a no mendigar por una caricia

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He aprendido a no mendigar por una caricia, a no rebajarme para que me quieran. Ahora sé que ningún hombre merece que me le humille para que me dé migajas de su amor. Yo soy valiosa, así sola, por mí misma, y no necesito de la compañía de nadie, ni de la aprobación de nadie para ser feliz y para que mi autoestima se eleve por los aires.

Ya basta, estoy cansada de rogarle a los hombres que me presten atención. ¿Es que acaso no he sido lo suficientemente lesionada en mi amor propio? Por fin aprendí que, por dignidad, es mejor retirarse cuando a una no la quieren, así, sin rebajarse a suplicar, sin hacer panchos, ni dramas, que cuando el hombre se quiere ir es mejor dejarlo.

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Cuando el amor se acaba, la historia debe terminar y punto. No hay que buscarle tres pies al gato. Confieso que yo era de las que lloraba y lloraba, y pataleaba, y le reclamaba a Dios y a la vida el por qué nunca podía retener a un hombre en mi vida. Pero luego me di cuenta que a la fuerza nada, que los amores no se someten a nuestra voluntad, y el cariño es voluntario, y la otra persona, la que nos ama, siempre es libre de irse cuando quiera, porque así es el amor, libre, no una prisión de la que el ser amado no pueda escapar.

Hay que aprender que en el transcurso de nuestras vidas tendremos muchas decepciones, y eso es parte natural de la existencia. No hay que tenerle miedo a ello. Es más, hay que afrontarlo con valor y con ánimo, pues cada trancazo nos da una experiencia que se transforma en sabiduría que podemos aplicar en la siguiente relación, y poco a poco nos vamos “poniendo más truchas” (como dicen en mi barrio) para no sufrirle tanto.

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Desde luego, una decepción siempre duele, y más cuando amamos profundamente a la persona que nos desilusionó, es por eso que, en muchas ocasiones, nos surge la necesidad de rebajarnos y cometer errores que nos ponen a la altura de esa persona que nos falló, como, por ejemplo, perdonarlo fácilmente y sin chistar, por desesperación, o ir corriendo tras él y rogarle que vuelva, aun cuando sabemos que ya no nos quiere.

Pero lo mejor, siempre, será conservar nuestra dignidad. Cuando no hay amor, cuando una relación es destructiva, cuando ha habido repetidos engaños y traiciones, lo mejor es abandonar la relación, porque no sólo esa persona nos está haciendo daño, también nos lo estamos haciendo nosotros al querer mendigarle un amor que ya no siente por nosotros.

Hoy, yo ya aprendí a no mendigar por una caricia, y me siento más libre que ayer.