Tengo un corazón necio que se empeña en amar a quien no lo merece

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Ayer tu imagen abordó mi memoria, y me puse a llorar recordando los momentos que pasamos juntos y que yo creí que eran tan significativos para los dos. Cuán ciega fui creyendo que ese amor que tú me profesabas era auténtico, que tus palabras dulces, tu sonrisa de oreja a oreja, tus caricias con tus manos callosas y tus besos sabor a miel eran honestos. Me engañaste al hacerme creer que eras sincero, pero antes me engañé a mí misma, porque todas las señales indicaban a un hombre falso.

Sin embargo, pese a que me di cuenta de todo, no pude dejar de amarte, y aún ahora, cuando todo se ha terminado, cuando me has abandonado, dejándome aquí sola y triste, aún en estos momentos siento la enorme necesidad de tenerte cerca y decirte cuánto te quiero y cuánto requiero tu presencia en mi vida.

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¿Por qué? ¿Por qué tendré un corazón tan necio que es incapaz de olvidarte? ¿Por qué cada noche sueño con que tú regresas arrepentido de todo, me pides perdón y me dices que volvamos a empezar? Soy una tonta, lo sé, pero no puedo dejar de imaginarme mi vida a tu lado, pese a que sé que eres un hombre que no me conviene.

¿Por qué será que me empeño en amarte si tú no te mereces ni siquiera un mililitro de mis lágrimas? No entiendo cómo es que mi corazón tan ingenuo siempre termina enamorándose de la persona equivocada. Tontamente, se entrega ante una sonrisa encantadora, ante unas palabras dulces, cae rendida si le brindan detalles tiernos, y nunca se detiene a averiguar si sus sentimientos son correspondidos.

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Siempre, siempre, siempre doy lo mejor de mí y nunca recibo lo mismo a cambio. Ya estoy cansada de que me prometan cosas que nunca me van a cumplir. Lo peor es que siempre están aquellas personas que me pretenden y que parecen ser más sinceras, y sin embargo yo las desprecio porque parece que me gusta la mala vida y prefiero enredarme con el hombre que me va a fallar.

Mi corazón trata de responder y dice que en él no se manda, que él es sólo un ser que siente, que se enamora, que se entrega total y absolutamente, que él no es consciente de nada, que sólo ama y ya. “A mí no es a quien tienes qué reclamarme”, me dice.

Y tiene razón. Es a mí cabeza a quien debo reclamarle, a mi cerebro, quien no se ha portado lo suficientemente frío para saber reconocer a las personas que no me convienen en la vida.

Pero de ahora en adelante seré otra persona. Protegeré más a mi corazón, seré más racional, pensaré antes de sentir.

Corazón, de aquí en adelante te pondré un escudo y ya nadie te dañará, te lo prometo.