Me diste una de las lecciones más grandes de mi vida: no amar a un perdedor

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Te amé, no lo niego, como nunca amé antes. Te lo di todo. Me entregué con toda mi pasión, con toda mi ternura, con lo mejor de mí. A final de cuentas me enamoré, y como toda persona enamorada, te idealicé, y no supe ver los defectos que escondías detrás de esa sonrisa encantadora y de esos labios que me sabían besar tan bien.

Lamento decirlo tan crudamente, pero es la pura verdad: me enamoré de un perdedor. Un hombre que jamás estuvo a mi altura y que nunca se esforzó por ser una mejor persona para mí. Eso es lo que tú fuiste para mí. Fui mucha mujer para ti, y, sin embargo, ahí me tenías, rebajándome a tu altura siempre para tratar de que nuestra relación funcionara.

Siempre negativo, siempre viéndole el lado malo a las cosas, siempre de mal humor. No te interesaba superarte. A pesar de que yo siempre vi en ti cualidades natas, talentos que yo sé que incluso tú estabas consciente de que tenías, nunca hiciste el esfuerzo por explotarlos, por hacer algo grandioso con tu vida.

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Eras el típico hombre que se dejaba llevar por la marea, que iba con la corriente. Y no me lo puedes negar, yo hice todo lo posible por tratar de animarte, pero tal parece que te empeñabas en quedarte ahí, en tu zona de confort, en la comodidad de tu mediocridad, donde ser un don nadie era lo mejor para ti.

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Las cosas se fueron haciendo cada vez más disparejas entre los dos. Yo, con sueños y metas, iba cumpliendo cada día pequeños objetivos que me acercaban a mis grandes planes de vida. Siempre entusiasmada, con buen ánimo, con alegría por vivir. Me levantaba todas las mañanas dichosa por haber despertado y tener en cada día una oportunidad para demostrarme a mí misma de lo que era capaz.

Pero tú me fuiste chupando esa vitalidad, me fuiste arrastrando con tu maldita melancolía y tu negatividad. Cuando te contaba de mis planes, hacías oídos sordos, o ponías cara de enfado, y eso me fue decepcionando poco a poco hasta que ya no pude más y decidí que lo nuestro no podía continuar así. Por más esfuerzos que yo hiciera, no iba a poder contagiarte de mi alegría, y, al contrario, tú me estabas contagiando de tu neurosis y tu sentimiento de derrota.

Y heme aquí hoy, intentando recuperarme de este duro golpe que ha sido nuestra separación, aun sintiendo algo por ti, no lo niego, pero con una gran lección en las manos: nunca te enamores de un perdedor, porque tarde o temprano terminará robándote la alegría de vivir.

Autor intelectual: Elisa Robles