Aprendí a amar mi soledad

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La peor soledad es la de sentirte mal acompañado por ti mismo.

 

Hoy que vuelvo la vista atrás, me parece un triunfo amar mi soledad. Fue muy difícil, porque desde pequeña mi familia y la sociedad me hicieron creer que para ser feliz era fundamental encontrar a una persona que me me completara, que me salvara, que me aportara toda esa felicidad que necesito. Debido a este pensamiento, debo aceptar que hubo algún momento en que me sentí incompleta y desdichada por estar sola. Buscar ansiosamente a mi “media naranja” como una especie de bandera de llegada, como un trofeo, sólo me llevo a relaciones “fallidas” que aumentaban mi frustración.

Es increíble cuántas cosas hacemos por el temor a estar solos en la vida y después nos arrepentimos. Pero el tiempo es sabio y llega el día en que nos hace comprender que soledad no es estar solos, sino sentirnos vacíos o perdernos a nosotros mismos buscando quién nos haga felices, o peor aun, estar con alguien porque lo necesitamos, no por que lo amamos. Que egoísmo entregar a otro, semejante responsabilidad que sólo nos compete a cada uno. Qué egoísmo usar a otro en beneficio propio, para que nos acompañe, nos mantenga, nos divierta o nos entretenga.

Y fue ahí cuando algo dentro de mí hizo click. Donde inicié mi viaje (desconocido a aterrador al principio) con mi única compañera por elección, la soledad. Tenía que conocerla. Necesitaba conocerla. Digo, de verdad, porque ya tenía tiempo tomándome de la mano sin darme cuenta. Fue poco a poco que ese concepto ya anticuado que tenía del amor comenzó a evolucionar por verdades más profundas.

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La soledad es independencia, la deseé y poco a poco la fui conquistando. Al principio fue fría, pero también fue tranquila . Maravillosamente tranquila. Pero aprendí a estar conmigo, descubrí que sólo yo seré mi única compañía eterna. Afronté mis propios miedos y los transformé en oportunidades. Hoy puedo apreciar estar en soledad hasta disfrutarme. Sé que cuento conmigo y saco lo mejor de mí. Esa es la única fuente de mi auténtica felicidad, la que esta en mi interior. Es ahí donde intento llenar esos vacíos que antes pretendía fueran llenados por otra persona. Es ahí donde me siento plena, donde ya no soy una mitad, soy un entero.

La soledad se  ha convertido en un espacio necesario y saludable para mí, me ha permitido contactar con mis sentimientos y pensamientos más profundos, me ha ayudado a reforzar mi autoestima para aprender a aceptarme como realmente soy. Es con ella donde encuentro las respuestas a mis preguntas y replanteos. Es con ella que sigo aprendiendo a valorar a las personas que me rodean, y a dejar ir a quien no merece estar en mi vida. La soledad es la experiencia más aleccionadora que existe para madurar como persona.

Es así como poquito a poco he tejido mis alas. Al principio con dolor, hoy con alegría. Pedazo a pedazo las fui pegando en mi espalda. Con ellas pude volar, salir del cautiverio donde me encontraba y ver un nuevo amanecer. He aprendido a amar a mi soledad y eso me ha vuelto exigente, hoy ya no acepto compañías baratas, no acepto a nadie que no tenga algo mejor que ofrecerme. Ya nunca más alguien que me complete, sólo un compañero que disfrute conmigo mi apasionante viaje.

Una vez alguien me dijo que hay que aprender a amar la soledad, que es la única que siempre estará ahí, te escuchará, te aconsejará, no te juzgará, te abrazará cuando nadie más lo haga. Cuanta verdad tenía esa persona y hoy ya no lo veo difícil, sólo era cuestión de darme cuenta.

Me enamore de mi soledad porque ella me dio nuevas ideas, nuevos conceptos, nuevas actitudes, nuevos motivos y un nuevo amor, el propio.

 

Autor: Karla Galleta