Adoro que me acaricien el alma, la piel la toca cualquiera

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Acariciar el alma es erizar la piel con las palabras, colmar de alegría con un beso, contagiar de felicidad con una mirada. Cuando dos corazones son compatibles, no hay nada que los detenga; el mundo se abre, se agudizan los sentidos y se descubren sensaciones nuevas en la piel, porque acariciar el alma es compenetrarse mutuamente, formar un solo ser hecho de dos individuos plenos.

Encontrar una persona que te pueda acariciar el alma es algo difícil, y no porque sólo unos cuantos sean capaces de hacerlo; en realidad todos los somos, pero necesitamos la actitud correcta y, sobre todo, a la persona indicada.  

Pero hay algo mucho más importante: para que alguien pueda acariciar tu alma necesitas liberarla de miedos, odios e incertidumbres. Sólo así tumbarás las barreras que se interponen entre tu alma y el alma de las demás personas.

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El náhuatl, esa hermosa lengua de los nativos mexicanos, tiene una palabra que puede traducirse como acariciar el alma: “apapachar”. Apapachar no es solamente mimar la piel con las manos, ni es sólo abrazar físicamente, es, más que nada, penetrar en el corazón ajeno para cuidarlo, para masajearlo con cariño y para hacerle saber cuánto lo queremos.

Nuestros sentimientos tienen una explicación lógica

Si queremos explicar lógicamente el acto de apapachar, podemos decir que se trata de provocar que la otra persona tenga una reacción psicológica positiva ante nuestros estímulos afectivos.

Cuando ocurre la etapa del enamoramiento, los sentimientos asociados se explican como una liberación de neurotransmisores como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina, que generan un coctel de emociones dulces y excitantes en el organismo.

En cambio, cuando el amor ha madurado y se ha ido afianzando con el tiempo, entra en juego el córtex de nuestro cerebro, que es nuestro lado más racional, el cual nos ayuda a analizar si una relación nos conviene o no, y nos permite controlar nuestras emociones para liberarlas en dosis más pequeñas: esto es lo que permite que una relación perdure, pues si todo fuese enamoramiento, la pasión se gastaría muy pronto y el encanto acabaría muy rápido.

La inteligencia también seduce

Helen Fischer, una antropóloga experta en relaciones afectivas, afirma que la ciencia aún no puede explicar qué es exactamente lo que hace que nos sintamos atraídos por otra persona. Nos enamoramos de las personas que tenemos cerca y con las que compartimos actividades: por ejemplo, es muy común enamorarse en el trabajo o en la escuela. Pero siempre elegimos en base a criterios especiales, pues no nos andamos enamorando de cualquiera. Uno de estos criterios es la inteligencia: sobre todo en el caso de las mujeres (pero también se da en hombres), ellas le dan una importancia vital a que la pareja que elijan sea inteligente.

La inteligencia se ve como un elemento que aporta estabilidad a la relación, pues las personas inteligentes suelen tener más herramientas para solucionar los problemas de pareja, además de que son más centradas, más comprometidas y más comunicativas.

Pero hay un tipo de inteligencia que en una relación de pareja se valora más: es la inteligencia emocional. Es saber dominarse uno mismo para no dejarse llevar por sentimientos negativos y, en cambio, cultivar los sentimientos positivos. Y es precisamente la sabiduría emocional la que permite que dos seres se apapachen, que se compenetren y que se acaricien tiernamente el alma.